Evidenciaba mi canto una ligera tristeza, aunque de alegría plena era mi rostro y mi llanto, todo se reservaba a ti; mientras yo más te quería... y cuando más duro el camino se hacía, cuando el tiempo me dejaba y por cierto lo sentía; me dirijo cual resorte a tu encuentro, vida mía... salvaste de mi las entrañas; me hiciste fuerte y constante; como de acero cortante, resuelto...
Divina cual reina astral, haces de mi vida estar tranquilo, afable, contento y desmesuradamente atento a colegir sin temores, todos aquellos balcones que abres de par en par, cuando me oyes llegar… cual caballero andante, siento a mi dama bella, ardorosa, briosa; ardiente, frágil y valiente...
Recorremos en instantes el camino, que debate entre el mal carácter antes y la dulzura constante, finas fibras de lino, que atan fuerte el corazón, de este que llama a tu amor, y descubre tu candor...
Efluvios de vida diaria, hacen de este parco instante, alto, largo, vivo y sano... diluvios de pasión intensa, dan lienzos de retablos, al viento y tiernos vanos, al tiento... atado cual mejillón a la roca; vemos conchas, lisas, frías y hermosas...
Ahogados por la fuerza que desease ese dios del trueno y de la inmensidad, cadenas de algas y ataduras de esponjas; en ese mar que es mi deseo carnal… recorriendo todavía con la mente tu semblante, te presento a cada instante; te veo y te escruto; como diamante o hierro bruto que tratado es distante...

Concluyendo por difunto, este escrito presentado, termino porque he callado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario